jueves, 4 de septiembre de 2014

Don Juan de Austria (1547-1578)


"Don Juan de Austria", por Sánchez Coello

                                          
          Para el Congreso de Profesores de este Curso 2014/2015, tras leer el libro “Don Juan de Austria”, de Bartolomé Bennassar, he decidido escribir una breve semblanza sobre esta interesantísima figura histórica. El libro fue editado por Temas de Hoy, dentro de su colección de Historia.
          Don Juan de Austria es una de las piezas imprescindibles del engranaje de la compleja maquinaria de la monarquía hispánica del Siglo de Oro. O, mejor dicho, de los “Siglos de Oro”, es decir, el XVI y XVII, la época de los Austrias. Es, por otro lado, un personaje singular, cuya existencia estuvo marcada por una circunstancia decisiva: su ilegitimidad. Su padre, el emperador Carlos V y rey de “las Españas”, lo había concebido en Alemania, siendo ya viudo, unos meses antes de la batalla de Mühlberg. Al poco de nacer fue separado de su madre, Barbara Blomberg,  y quedó al cuidado, en Bruselas, de Luis de Quijada, Ayuda de Cámara de Carlos V. Después, con algo más de tres años, fue enviado a España, aprovechando el emperador que uno de sus músicos le había planteado retirarse para, así, poder reunirse con su mujer en una pequeña finca que tenían en Leganés. Carlos V aceptó la petición de jubilación de su músico, pero le dijo que tenía que llevar consigo a un niño que debía ser educado en España, pretextando que era un hijo ilegítimo de un noble de su Corte.
En Leganés, el pequeño Jerónimo o Jeromín –así fue conocido durante su infancia- disfrutó durante más de tres años de una libertad casi total, y sus días estuvieron consagrados a los juegos con otros niños. Sin embargo, cuando el emperador se enteró de que su hijo no estaba recibiendo la educación adecuada, decidió que ésta debía estar supervisada por su Ayuda de Cámara, el ya citado Luis de Quijada y su mujer, Magdalena de Ulloa quien, con el tiempo,  acabaría convirtiéndose en la auténtica madre del futuro héroe.
Comenzaba, desde 1554, a los siete años, una nueva etapa para Jeromín, ahora en el castillo de Villagarcía de Campos, cerca de Valladolid. Naturalmente, la verdadera identidad del niño continuaba siendo un misterio y sólo dos o tres personas conocían la historia real. Una de ellas era el propio Luis de Quijada. Ni siquiera su mujer, Magdalena de Ulloa, sabía la verdad aunque, a medida que pasaba el tiempo, se fue dando cuenta de que su marido le ocultaba algo, y más  aún después de que, cierto día, tras producirse un incendio en el castillo, Quijada se esforzó más en salvar a Jerónimo que a ella misma. Los cinco años que pasó en el castillo de Luis de Quijada resultaron ser de vital importancia para Jerónimo. En primer lugar porque, esta vez sí, recibió una educación muy completa de la mano de buenos maestros. Además, Magdalena de Ulloa se encargó de inculcarle los valores que ella misma profesaba y que se regían por la religión y la caridad. Por último, las charlas con Luis de Quijada, en las que le narraba las hazañas del emperador, le sirvieron para estar al tanto de lo que ocurría en el mundo y, en definitiva, para despertar en su interior los sueños de gloria.
Tras la abdicación de Carlos V, en 1556, éste decidió pasar los últimos años de su vida en el monasterio de Yuste y, muy pronto, mostró sus deseos de ver a su hijo secreto. Incluso obligó a Quijada a establecer su residencia en Cuacos, muy cerca del monasterio. Estaba claro que el emperador quería tener a su hijo cerca de él. Los encuentros entre padre e hijo fueron muchos, y no podemos dejar de preguntarnos qué pensaría aquel niño de sus visitas continuas a uno de los hombres más poderosos del mundo. Por otro lado, es evidente que el pequeño fue del agrado del viejo emperador pero, aún así, no se decidió a hacer pública su paternidad. Finalmente, dejó a su hijo Felipe la misión de aclarar públicamente el misterio, pero éste tenía que hacerlo después de que Carlos V hubiera muerto. Además, en unas instrucciones que le dejó por escrito, le detallaba los pasos que debía seguir con Jerónimo. Así pues, tras la muerte del emperador, las cosas se pusieron en su sitio y por fin Felipe II pudo abrazar a su hermano que, desde entonces, dejó de llamarse Jerónimo. Acababa de “nacer” don Juan de Austria.
Me ha gustado mucho el tratamiento que Bennassar ha dado a su figura: lejos de una visión apasionada, intenta ser lo más objetivo posible tanto con él, como con el otro protagonista del libro, Felipe II. En cuanto a don Juan, el hispanista francés huye del halago gratuito, aunque no deja de reconocer sus méritos cuando cree que es de justicia hacerlo. Y, en lo que se refiere a Felipe II, Bennassar se ha preocupado en desmontar la hipótesis defendida tradicionalmente por muchos historiadores, que retratan al Rey Prudente como una persona envidiosa y cicatera con su hermano. Efectivamente, en numerosas ocasiones se ha dicho que Felipe II no consintió en elevar a su hermano al rango de Alteza Real, por lo que su tratamiento se limitaba al de Excelencia o Ilustrísimo. Ciertamente, en defensa de Felipe II debemos decir que en este asunto no hizo más que cumplir con la voluntad de Carlos V. Es más, concedió a su hermano más dignidades de las indicadas por su padre como, por ejemplo, hacerle miembro de la Orden del Toisón de Oro, nombrarle Capitán General del Mar, a los 21 años, o procurarle la mejor educación posible, en una de las más prestigiosas Universidades de España, la de Alcalá de Henares, donde coincidió con sus sobrinos don Carlos, que era el hijo de Felipe II,  y Alejandro Farnesio, el hijo de Margarita de Parma. Por otro lado, Bennassar también insiste en que Felipe II no sintió jamás envidia de su hermano, puesto que era él quien le encomendaba a don Juan las misiones militares y también era él quien más se alegraba de sus éxitos.
Hablando de éxitos militares, fue en la vida castrense donde brilló con luz propia don Juan de Austria. A los 18 años ya quiso dar muestras de su valor al intentar, en secreto, embarcarse en Barcelona para participar en la defensa de Malta, donde los caballeros de la Orden de Jerusalén estaban siendo atacados por los turcos. Finalmente fue interceptado por los hombres enviados por Felipe II, que pusieron fin a la aventura romántica de don Juan.
La primera vez que participó de forma activa en el campo de batalla fue con ocasión de la Rebelión de los moriscos, en la sierra de las Alpujarras de Granada. Allí fue donde conoció el horror y la crueldad, auténticos rostros de las guerras, que nada tenían que ver con los ideales caballerescos que hasta entonces tenía de ellas.
Pero fue en Lepanto donde don Juan se convirtió en un héroe  y, tanto su participación directa como sus valientes decisiones tácticas resultaron determinantes. Recordemos que esta gran batalla naval se produjo después de que los turcos arrebataran Chipre a los venecianos, por lo que los otomanos amenazaban seriamente el sur de Europa, incluidos los territorios del Papa. Fue por esto por lo que Pío V convocó la Santa Liga, constituida en mayo de 1571. Al frente, como Generalísimo de la Armada, se acordó que estaría don Juan de Austria. La batalla tuvo lugar el 7 de octubre, y el resultado fue aplastante para los aliados cristianos, a pesar de la igualdad de fuerzas entre ambas escuadras.
Sin embargo, aunque la victoria de la Santa Liga fue indiscutible, algunos historiadores defienden que fue un acontencimiento sin grandes consecuencias  puesto que, un año después, la Armada turca ya se había rehecho. Este es el mismo argumento que utilizó el gran visir Mehemed Sokolli con un diplomático veneciano, al que intentaba convencerle de la futilidad de la victoria cristiana pronunciando estas palabras: “Hay una gran diferencia entre nuestra situación y la vuestra. Al conquistar Chipre os cortamos un brazo, mientras que, destruyendo nuestra Armada, sólo nos habéis afeitado la barba. Un brazo cortado no puede volver a crecer; mas la barba, después de afeitada, crece de nuevo con más fuerza”. Esto no dejaba de ser una verdad a medias, puesto que, indudablemente, el triunfo de la Santa Liga, además de la liberación de miles de cautivos cristianos y del aniquilamiento de la Armada enemiga fue de gran trascendencia por un aspecto que no podemos olvidar: el efecto disuasorio que tuvo sobre los turcos. Ciertamente, desde entonces, los otomanos se lo pensaron dos veces antes de enfrentarse a los aliados cristianos, pues sabían que, si cometían otro error, ya no tendrían los recursos suficientes para reconstruir su Armada tan rápidamente como hicieron tras Lepanto.
El final de sus días lo encontró don Juan de Austria en el “avispero” de los Países Bajos, donde fue enviado por Felipe II para intentar atajar la Rebelión comenzada en 1566. Al llegar don Juan, en 1576, la situación era crítica: los tercios hacía meses, algunos incluso años, que no cobraban, por lo que, desesperados, saquearon Amberes. Lo único que consiguieron fue que la reacción de los rebeldes se hiciera aún más cruenta, hasta el punto de que muchos católicos dejaron de ver con buenos ojos a los españoles que, finalmente, tuvieron que ceder y firmar la “Pacificación de Gante”. Esto significó la retirada de muchas tropas españolas y, por tanto, el desvanecimiento del sueño de don Juan; la imposibilidad de llevar a cabo el plan por el que, quizá, aceptó ir a los Países Bajos. Dicho plan consistía en, una vez controlada la Rebelión, utilizar las tropas de Flandes para, tras desembarcar en Inglaterra, destronar a Isabel I y convertirse él mismo en el rey de los ingleses, mediante su matrimonio con María Estuardo, por entonces prisionera de la Reina Virgen.
Desgraciadamente, Flandes fue una auténtica trampa para don Juan. La dureza de la guerra y la honda impresión que le produjo la muerte de su secretario, Juan de Escobedo, le fueron debilitando hasta que, en el verano de 1578 murió a las afueras de Namur, en un palomar que se acondicionó improvisadamente con tapices flamencos.  Después vendría el traslado de sus restos al Escorial y unos funerales que no tuvieron nada que envidiar, por su excentricidad, a los organizados por Juana la Loca para Felipe el Hermoso.
Resulta paradójico que don Juan, hijo del todopoderoso Carlos V, que luchó casi toda su vida por conseguir el título de Alteza Real y un Reino terrenal sobre el que poder gobernar, encontrara la muerte en un palomar en medio del campo, en ese infierno en el que se convirtió Flandes para la monarquía hispánica. Quizá en sus últimas horas, sumido en el coma que le provocó la enfermedad que padeció, recordara sus años en Leganés, sus interminables juegos con otros niños, sus años más libres. Y, quizá, también llegó a preguntarse si había merecido la pena dejar de ser un día Jerónimo para morir, después de todo, simplemente como don Juan de Austria.

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